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tercer mes de embarazo

inquietante como las cejas de la infanta elena

cejas inquietantes de la infanta elena

Noticieros Televisa

De mi vuelta al trabajo sólo puedo decir que, paradójicamente, está siendo insulsa e inquietante al mismo tiempo. Estoy aburrida pero indignada: muy a mi pesar, todos me han dicho que tenía un aspecto excelente y que se notaba que las vacaciones me habían sentado de cine. Eso sólo puede significar tres cosas: la primera es que estoy tocina y adiposa como una omaita, la segunda es que todo mi departamento me ha llamado gorda en mi cara. Y la tercera es que han insultado de forma descarada a mi inteligencia porque encima se creen que no he captado la sutileza.

Me supercaga el regreso a la rutina del mundo exterior. Durante las vacaciones, este extraño mes de cocooning (mi patria, mi bandera),  he hecho de mi ocio un encierro voluntario y de mi apartamento un submundo artificial con el fin de minimizar el contacto con la incertidumbre de una realidad exterior.  ¿Inseguridad? Probablemente. En estos momentos no me siento cómoda, necesito volver a mi vida social inexistente donde no se me juzgue, donde no se me rechace. Donde sentirme refugiada hasta tener la certeza de que realmente estoy en paz conmigo misma para volver a hacerme fuerte. No sé cuánto tiempo más voy a poder seguir ocultando que estoy embarazada, mi contrato vence en tres días y hoy Arturo, el boss, me lo ha recordado como quien no quiere la cosa, así de refilón mientras salía precipitadamente por la puerta de su despacho con un montón de archivadores bajo el brazo:

– Carmen, tenemos reunión con Comercial mañana, no te olvides. Por cierto, búscate un hueco el jueves entre las 12.00 h. y las 13.30 h.  para hablar de tu contrato.

Y la verdad es que me ha dejado preocupada: ha sido realmente inquietante, como las cejas de la infanta Elena.

Quiero volver de nuevo a mi episodio de ayer con las pelusas para hacerme eco de un comentario que entró anoche en el blog.  Stellacometa me tranquilizó bastante: según ella la camada de pelusas de mi apartamento da asquito pero, de momento, está demostrado que no muerden ni mutan en gremlin por más mierda que tengan cerca. Dice también que en la universidad, en su piso de estudiantes, llamaban “tulas” a las bolas de pelusa. Las llamaban así porque “criaban en minutos y si teníamos un momento tonto las tirábamos todas en el cuarto de alguna y le decíamos ¡tú las llevas!” A raiz de esta anécdota tan kafkiana, la autora del comentario ha lanzado una reflexión genial y trascendente que, desde aquí, quiero hacer extensible a todo lector:

¿De dónde salen las «tulas»? ¿Por qué por más años que tengamos, en nuestros pisos hay «tulas», y en los de nuestras madres por más que busquemos no encontramos ni rastro de ellas???

Me gustaría hacer de esta reflexión un concurso de respuestas absurdas durante un tiempo indefinido. Podéis responder haciendo un comentario en este post hasta que encuentre otra manera más decente de publicar el concurso (lo dudo).

Foto: Noticieros Televisa

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